jueves, diciembre 11, 2008

Esas bromelias pegadas al reloj

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Ayer estuve en la lectura del taller de cuentos de Mayra Santos-Febres y una chica a la que no le pregunté el nombre, así como tampoco le dije que su cuento me había tocado, puso su dedo en la llaguita última de mi viaje a México. Quizás fue la mención de todos los olores, las quesadillas, las salsas, la teoría del color en cada esquina. Quizás fue que ella también entró descalza a la selva, que también se enamoró de las aguas verdes y los fondos de arcilla, de los niños que salían al pasó entre la timidez y el curioseo. El cuento era sobre un viaje, sobre tres meses de mochila metida en la cultura mexicana y el roce punzante de todas las convivencias; era sobre fotografía, un poco de coleccionismo botánico, un hombre y la sierra. Mi madre el otro día preguntó si estuve en México realmente y preferí no decir nada. Pero estuve. Yo lo sé. Y subí a la cima de la historia, a dos pirámides, pero se me olvidó gritar. En realidad no quise decirle a nadie que estaba espantado porque el choque con el otro y ver la isla desde afuera era incrustarme una óptica de faltas, de carencias, para mi vuelo de regreso. Y quizás eso. En el cuento de ayer alguien también volvió de la fascinación porque sabía que debía aunque reconociera diferencias de abundancia entre la piedra de sol y "este mico de isla" (como dice Rebollo). En una parte le oí decir, "me regreso a mis playas, al poquito", y la entendí perfectamente. Ella también, igual que yo, quería hacer desde el poquito.
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Pese a toda la verdad, la cotidianidad acá tiene sus tonos; lo ordinario a veces magia. Regresar y preferir estar aquí no tiene que ver con conformismo, tiene que ver con preferirlo. El regreso no es sinónimo de cobardía. La semana pasada me fui sólo a Dominica cuatro días y confirmé que no podría vivir en otro sitio. Entonces escribí que ser isleño no es cerrarse al mundo y mucho menos obligarse al límite del agua; que serlo para mí tiene ver con saber vivir al borde de las cosas queriendo vivir las cosas aunque se esté siempre en el borde.

(En México también pensé en el borde y en nosotros en una exposición de arte chicano.
Y entonces vi la costura del muro y entendí que nosotros también somos frontera.)
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En México y en Dominica había gente que quería conocer el mundo aunque el mundo fuera aquello que tenían. En México la inmensidad. En Dominica una plantación gigante de naranjas brillando todos los atardeceres, la rutina olorosa del tueste de cacao, saber buscar el barro negro para los pies de las orquídeas chicas. En un puerto de Roseau todos los peces de colores, todas las tripas estirándose a las moscas. Mucha gente linda con olor a sangre y mierda esperando la llegada de más barcos. Entonces sobre el horizonte los mismos aviones que en mi playa, volando en otra dirección, y la nostalgia confusa de la orilla; el no saber si es mejor en otro lado. Pero también había gente que amaba estar allí. Entre las moscas, sudando sobre la brea, vendiendo frijoles pintos en el piso de un mercado, o cempasúchil. Yo nunca pregunté. Pero siempre hay contestación en las miradas fijas y detrás de los bostezos.

Hoy hice las recapitulaciones de ambos viajes, vi todas las fotos que no he querido enseñarle a nadie, las libretas en las que quise escribir pero no pude hasta que me dejé en la cama de un cerro con pirámide a la que nunca subí. Ahora las faltas de la isla, las carencias, empiezan a abrirse pegadas al reloj como aquellas bromelias de Morne Trois Pitons y Micos. Vuelvo a la playa, a los tapones, a los centros comerciales, a buscar trabajo. La mirada no es la misma y tengo muchas cosas que decir que no me salen. Tal vez tenga que construirlas. Y no precisamente con palabras.

Soy más plátano que maíz. No supe su nombre. Pero así se llama el cuento.

1 comentario:

la de soy más plátano que maíz dijo...

Hola, un placer...Gracias...me gustó mucho lo que escribiste
Además las bromelias son mi planta preferida.
*Mayra me envió el link