domingo, diciembre 21, 2008

Ahogado en mierda

Nada cambia. Hoy también desperté borracho y harto de mí mismo y preferí la calle. Estar aquí encerrado no hace bien. Mucho menos si ello implica estar acorralado por todos los álbumes de fotos sobre las mil y una historias posibles que he dejado a medias. Anoche bebí, igual que las últimas cuatro noches. Sólo que ayer no paré hasta sentir el caldo de la bilis entrando en la cerveza y un ardor que yo supongo era en el hígado y un frío sobre el frío de la noche anticipando el protagonismo de una madrugada de diarrea. Quizás beber ayer tuvo que ver con la necesidad de celebrar la primera noche enchaquetado de mi vida. Claro, eso pese a los dilemas de todas las nostalgias pendejas que se adhieren, como si uno fuera un velcro, cuando no para de llover y se está solo no queriendo. Con respecto a las tres noches anteriores, no tengo ni puta idea de qué celebré ni como llegué a casa. Lo que es un hecho es que mi despertar después de todas ha sido lo mismo.
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Anoche Fui a El Ansia. Quería que el cierre de la noche fuera escuchar a Frankie Ruiz y a Tito Rojas sentado justo frente a la boca de la vellonera. Belén no me reconoció y no sé si por la ropa, pero a la rápida soltó un Ave María, y luego, ¿Un vaso de leche a final de noche para esta vieja osteoporósica? Me tiró un beso de lejitos y opté por no decirle nada. Además yo estaba vestido de negro y no de blanco. No sé. Sonrió y batió los ojos y se acomodó la rosa plástica crecida en el moño rubio falso de sesentona que quiere aparentar ser de cuarenta. Seguido, escribió la nota al calce señalando que aquello no había sido insinuación sino un piropo de los lindos. Me cobró $2.14 por una cerveza calientísima y siguió la cosa preguntándome qué celebraba, si la noche andaba muerta y en Calle Loíza no había ni un dominicano afuera. Entonces empezó a mapear y a cantar En aquel viejo motel y yo la acompañé con cierto desenfreno. Un tipo sentado dos sillas a mi izquierda alzó la vista tratando de enfocarme y dijo algo que no me pareció parte del coro. Seguro era dominicano y estaba borracho como yo, menos vestido, pero igual de harto.
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-Coño Belén, esta cerveza está caliente chica, cámbiamela por otra.
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Dijo que estaba muy bonito pero que no estuviera por la calle ni solo ni borracho, que me fuera a mi casa, que por allí nada de nada, que a la una iba a cerrar la barra.
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-Papito lindo, tú ya abriste la cerveza y no te la puedo cambiar porque entonces es pérdida y me dejas dos problemas, porque por un lado me descuadras el inventario y por el otro me obligas a beber y tú bien sabes que a estas horas yo no bebo, mi cielo.
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La miré por un momento como tratando de enfocar también pero no pude. No sé nada de la vida. Miré el reloj y faltaban dieciocho para la una. Me acordé del viaje a México y de las muñecas desnudas de la gente en la ciudad. Después dejé caer el reloj a propósito como un detalle meritorio pero tonto. Y canté. Cuando acabó la última de mis canciones puse la cerveza todavía entera sobre la barra y dejé un beso en el aire. Lloviznaba. Lo último que vi fue a Belén soltando el mapo para beberse la Medalla en un vaso con hielo y al tipo tambaleante agachándose por mi reloj. No sé cómo salté de ahí al matre de mi cama. Tampoco recuerdo cuándo vomité toda mi chaqueta nueva ni cuándo llené el inodoro de mierda hasta el embarre.

Hoy desperté aturdido en la esquina favorita de mi cama donde lloraba cuando niño. Por suerte anoche todos se quedaron fuera y no había nadie en casa. Limpié y prendí inciensos. Después un caldo de gallina fresca con recao y papas, una ducha con agua caliente y salir al Laundry.

-Me dijeron claramente que no puede lavarse en maquina convencional.
-Cierto, dijo él, la dejas en buenas manos. Y disculpa que te pregunte hermano, pero ¿Esto es vómito? Lo miré fijamente y contesté que sí. Ah bueno, pues no te preocupes que esto sale.
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Hizo la anotación, completó la orden y estiró la mano. Se llama Pablito y es albino, hijo de un Jaime que todo el mundo conoce en el área menos yo. Antes de salir me quedé viendo el humo de las planchas industriales fragmentado por la luz que se colaba entre ventanas. Algo de aquello me recordó los viejos domingos por la mañana en los que mi mamá, enamorada, planchaba la ropa semanal de mi papá. Su arte de hacer filos. La manera en que sudaba y se recogía el pelo en cola. Los huecos vacíos en el closet que iban llenándose a paso lento en una rutina deliciosa que a veces extraño. Tenía dolor de cabeza. Me puse las gafas y salí.

De camino a casa me dio el antojo de comida china y me estacioné para comprar una combinación de Pepper steak con sólo papas. Luego Pablito apareció en los chinos y me enganchó a una conversación que empezó porque él también pidió lo mismo. Era su hora de almuerzo. Entre orden y orden y las combinaciones de nosotros que estaban haciendo en China, me contó de una clienta que le dejó también ropa de gala, como si mi chaqueta fuera de gala, y que infartó hace dos meses. Que la única hija de la difunta está en Wisconsin, que siempre fue una rebelde y no la quiso, que si vino al funeral que organizó una tía y luego desapareció como si nada.
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-Ahora la Hermana tampoco aparece y no hay quien pague ni saque la ropa.
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Mientras contaba, desplegaba su cara de consternación. Me quedé en silencio.
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-Debe ser triste, fue lo único que me salió decirle. Luego le pregunté que qué se hace en esos casos y me dijo que ni idea, pero que tal vez venderían la ropa o la donarían a una iglesia. Entonces me desesperé muerto de hambre y tuve que hacer guardia frente a la cajera hasta que mi combinación salió. Poco después intenté decirle adiós, estiré la mano y quedé con él en recoger lo mío el lunes por la tarde.
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-El lunes por la tarde mi papá decide qué haremos con la ropa, dijo. Quizás la veas allí enganchada. Ropa elegante la de la vieja. Me pregunto con qué la habrán vestido para el funeral. Y Se quedó en blanco.
-Bueno, quizás la velaron desnuda, le dije. El no entendió mi querer armar relajo y seguí. Como estamos en el Caribe y en crisis pues no hubiera sido mala idea. Además preferiría ir a un velorio en el que falte ropa y no el muerto. Tú sabes, esos casos en los que sólo encuentran orejas o piernas, y abrí los ojos muy macabro.
-Sí sí. Yo sé. Me añadió. Anoche descuartizaron a una en Aguadilla.
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Después habló de un tipo de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados que cayó en un tanque gigante de mierda y no quise escucharle.
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-Se batió y se batió y se batió hasta que se hizo cantos. ¿Te imaginas? Alzó la voz enérgico y el macabro fue él. ¿Morirse ahogado en un tanque de mierda?
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Miré a mi alrededor y todos los clientes escuchaban afirmando. No sabía. Pensé en el inodoro embarrado y en mi muerte. Todo apestaba. Afuera empezó a estrellarse el cielo en lluvia y me volvió la nausea. En realidad yo nunca he visto un muerto. Tampoco iría a un funeral. Busqué las llaves del carro en mi bolsillo y me quité las gafas.

3 comentarios:

Yvonne Denis dijo...

Busca la chaqueta en el Laundry y vuelve a ponertela, limpia... que te quedaba bonita.

Xavier Valcárcel dijo...

jaja! gracias. ya la busqué, ya me la puse ayer.

un abrazo

bajo dijo...

...puñeta!

A veces solamente aplican estas exclamaciones.